lunes, 17 de julio de 2017

NADANDO CONTRACORRIENTE

Llevo varias semanas divagando sobre situaciones, sentimientos, y experiencias varias, que me han llevado a reflexionar sobre el sentido de las palabras y sobre cómo me posiciono ante la vida y lo que ella conlleva.

Nado contracorriente, soy políticamente incorrecta; y me siento feliz por ello. El día que no me presente ante la vida, de semejante manera, habré sucumbido a lo que la marea me trae; y entonces mi esencia caminará sin rumbo fijo, sin los anclajes que la mantengan en el punto de partida.

Me encontraba ayer,  disfrutando de un domingo cualquiera: escuchando la radio, saboreando un nuevo amanecer junto al mar, disfrutando del silencio que serena mi alma… Todo aquello que  me lleva tomar conciencia del tiempo presente, de lo que tengo en mis manos, y que a veces se me escurre en cuestión de segundos.

En el programa de radio, en cuestión, entrevistaron a la dueña de un negocio situado en el ámbito rural. Esta mujer ha escrito un libro con anécdotas que están relacionadas con las personas que compran sus productos. La mayoría de sus clientes son personas mayores, por lo que les resulta bastante difícil recordar o entender los nombres de los productos que se venden en ese comercio. Esta situación les lleva a lo que promulga la RAE -y nos enseña a los que gustamos del estudio de la Filología Hispánica-, las impropiedades léxicas.

Estoy segura de que a muchas personas les habrá hecho gracia y se habrán reído de todas esas anécdotas que se expusieron en la entrevista que le realizaron a la autora del libro; pero, lo cierto es que a mí no me hizo ninguna gracia. Sí, me gustan las palabras, el lenguaje, la retórica, la oratoria y todo lo que está relacionado con el medio que utilizamos para expresar un pensamiento o un sentimiento; pero los chascarrillos que se utilizan para mofarse de lo que supone la falta de conocimientos, no me provocan ninguna sonrisa, sino todo lo contrario.

En ese momento, recordé a una señora mayor, Pilar, a la que di algunas clases particulares sobre cómo crear presentaciones en Power Point, redactar cartas comerciales, crear bases de datos… Le acaban de nombrar secretaria de una Asociación de Mayores, y vino a la asociación en la que trabajaba yo como Agente de Igualdad de Oportunidades, para que le diera algunas clases sobre cómo gestionar mejor la labor que le habían encomendado.

Recuerdo a esta mujer de una forma entrañable, ya que era una persona con mucha vitalidad y con una actitud muy positiva ante la vida. A pesar de ser una persona mayor, tenía una agenda repleta de actividades y compromisos. En el verano en el que la conocí acababa de terminar el último curso de la Universidad de la Experiencia. Un excelente proyecto que han creado algunas universidades para que las personas que, por diferentes motivos, no hayan podido acudir a la universidad, tengan la oportunidad de experimentar lo que siempre han anhelado.

Pilar, sentía una mezcla de pena y alegría por haber terminado lo que le había hecho tan feliz en los últimos años: acudir a la Universidad. Entonces, me contó porque no pudo estudiar cuando era joven y estaba en la edad de haber realizado los estudios superiores. Me relató, que cuando era una niña le encantaba leer, estudiar, aprender, y que disfrutaba con cada dosis de conocimiento que llegaba a su vida en forma de una oportunidad para entender el sentido de nuestra existencia.

Era la única chica de cuatro hermanos, la pequeña. Sus padres regentaban un estanco en el pueblo en el que vivían. En este negocio colaboraban los hijos  cuando era necesario, hasta que terminaban la Educación Secundaria y se marchaban a la capital para estudiar en la Universidad. Cuando Pilar terminó los estudios que le permitían acceder a una carrera universitaria, pensó que ya había llegado el momento que siempre había esperado: ir a la capital para seguir los estudios superiores. Lamentablemente, no fue así. Sus padres le dijeron que alguien se tenía que quedar con ellos trabajando en el estanco, y que tenía que ser ella porque era la única chica. Por lo que todos los sueños, las ilusiones, la esperanza de descubrir lo que supone vivir en una ciudad, estudiar una carrera, disfrutar de la vida universitaria, y adquirir los conocimientos que le permitieran seguir creciendo intelectualmente, y desarrollarse como persona, se esfumaron. El tomar conciencia de que su vida no iba a ser la que ella esperaba le atravesó como aquel viento gélido de la sierra, que corta el cutis y que trae la soledad del campo en un atardecer de otoño.


En aquel entonces, en algunas familias, el hecho de ser mujer en el medio rural era sinónimo de haber nacido para hacer las tareas de casa, quedarse con los padres para cuidarlos, trabajar en el negocio familiar… Los estudios superiores solo estaban reservados para los chicos.

Pilar se tuvo que resignar al plan de futuro que le habían reservado sus padres. Recuerdo que cuando me contó este pasaje de su vida, nos emocionamos las dos…


Hay muchas personas que por diversas circunstancias no han podido estudiar, ni siquiera han tenido acceso a los estudios básicos, por lo que es muy probable que desconozcan ciertos términos, o que los confundan con otros similares pero con distinto significado.

No, no puedo reírme de las anécdotas que ha plasmado en un libro la dueña de un comercio en base a los términos que utilizan sus clientes cuando quieren adquirir alguno de sus productos, cuando se trata de personas mayores que tal vez no pudieron estudiar, que los achaques de la edad les han hecho mella en su sistema cognitivo y que les cuesta  entender y retener ciertos términos; que la experiencia de la vida tal vez haya sido difícil y con mucho sufrimiento como para recordar lo que llega de nuevo a su registro mental…

¿Qué hay de gracioso en el hecho de reírse de la ignorancia ajena? Para mí,  no hay nada, en absoluto.

Lo único de lo que me alegro, es que esa entrevista  trajo a mi mente a Pilar y su experiencia vital. Y la recordé, y me emocioné.



©Almudena Torres C. de Pedro
San Sebastián, 10 de julio de 2017